Ahora somos unos extraños

Ahora somos unos extraños

Me resulta impresionante el poder del contacto humano.

Aplicado a las relaciones amorosas como a la amistad, una buena comparación metafórica sería una hoguera con un fuelle para darle oxígeno. El fuego vive del aire. Si no lo tiene, se extingue, se ahoga.

Lo mismo pasa con las relaciones.

 

Es curioso a nivel psicológico como podemos ir desconectándonos de una persona que una vez fue todo para nosotros. Con la que hablábamos nada más despertar y a la última que le dábamos las buenas noches antes de cerrar los ojos. Y de pronto, un día, deja de ocurrir eso. Solo silencio. Y pasan las semanas, y todo se extingue. Dejas de darle al fuelle y el fuego muere.

 

Como una mejor amistad que una vez fue una consejera estrella, un confesionario ultra secreto o una fuente de risas y diversión, un día desaparece. No más, se acabó.

 

Desechamos o nos desechan, pero las personas son como pañuelos de usar y tirar. Las relaciones tienen su tope máximo antes de caer en picado probablemente para siempre.

 

El amigo de antes, ahora gira la cara al verte pasar. El novio o la novia que antes era en nuestras mentes el compañero de vida ahora no aparece ni de refilón en una esquina de la calle. Ni en el último rincón de nuestro cerebro. La memoria lo expulsa como si no hubiese estado ahí alguna vez.

Breves vestigios en nuestro cerebro de vez en cuando lo resucitan por unos instantes fugaces. Y luego nada otra vez. Hasta la próxima que olamos ese perfume que nos recuerda a ella, esa canción que nos traslada a un baile con amigos, ese sonido del mar que nos coloca de nuevo en un hermoso recuerdo en noches de verano, esa serie de la que tanto le gustaba hablar a él…

Y así, sin pausa. Recuerdos que aparecen como pequeñas bengalas. Brillan y conforme pasan los segundos, llega al final y se apagan, hasta la próxima.

 

Sigue resultando curioso como todo puede cambiar en nuestras vidas con aquellas personas que entran y salen de nuestro día a día. Con la puerta entreabierta dejan un halo de luz detrás, del otro lado del marco. Una brisa de corriente que atraviesa esa puerta de los recuerdos que una vez fueron y que no volverán.

 

Ahora somos unos extraños y a ningunas de las partes parece importarle.

 

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