Café con hielo

Café con hielo

Así es como se definía esa relación.

Ella era el café ardiente que todo lo daba, con pasión, con amor, con sonrisas, con miradas brillosas del puro enamoramiento que se describe en los libros de cuentos de hadas.

Él era el hielo que lo enfriaba todo con su helado interior, deshaciendo cualquier atisbo de cariño, de mimo.

Como dardos que se clavan en la piel, palabras hirientes. Un amargor que se ve aumentado por el frío hielo. Una inestabilidad constante al mezclar café ardiente con hielo. Miedo al tacto, al olfato, a la vista. Miedo por doquier.

Por fuera y por dentro. Congelado. Sin avance, o quizás retroceso.

Miedo de nuevo.

Era imposible no pensar que aquella mezcla acabaría mal si alguna de las partes no se fusionaba con la otra. O todos desaparecerían.

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