Echar de menos

Echar de menos

Puede parecer algo triste. Terrible de sentir.

Pero es capaz de convertirse es un sentimiento agradable, tierno, bonito, amoroso.

 

Echar de menos a alguien, extrañar sus abrazos, su voz, su sonrisa, su tacto, sus besos o su perfume, incluso cómo le brilla el pelo bajo el sol. Te da la posibilidad de fantasear con el reencuentro. Con el contacto después de larguísimas semanas a través de una pantalla o a dos metros de distancia.

 

Escuchar su voz en directo, sin distorsiones por mala conexión a la red. Sin cortes de luz, sin distancia, sin parálisis facial en la pantalla cuadrada. Percibir su respiración, el subir y bajar del pecho al inhalar y exhalar.

 

Parece una chorrada en la que no solemos fijarnos, pero ahora sí. La situación lo merece. La distancia lo merece. La falta de contacto lo pide, la vista nos lo pide, el corazón nos lo exige.

 

No sabes cuánto te echo de menos, lo que extraño tus abrazos, el roce de tus labios y escuchar ese sonido de tu boca al sonreír que solo yo conozco por colocar mi oído en tu cuello cuando estábamos juntos y charlábamos tonterías. Cuando podíamos sentirnos, tocarnos, absorbernos.

 

Ahora solo queda esperar con paciencia, vivir en el recuerdo, imaginar el reencuentro y aspirar un aroma ficticio que se desvanece conforme pasan las semanas y no puedo tenerte.

Esta situación excepcional nos dejará un mal sabor de boca, pero también nos ayudará a valorar más esos momentos que hemos perdido en un instante, a vivir las experiencias como si fuesen las últimas, porque está comprobado que podrían serlo. Y, por supuesto, nos enseña que echar de menos no es tan malo como parece.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.