En una jaula invisible

En una jaula invisible

Me siento presa en mi día a día. En mi propia vida soy como un pájaro encerrado en una jaula invisible, que le da miedo hasta a cantar por miedo a represalias.

He comenzado a trabajar de lo que realmente me apasiona, el periodismo. Y no podría ser más feliz, pues mi trabajo es mi considerado y valorado. Y toqué los palos de lo audiovisual y prensa digital. Pero siento que vivo atrapada en una monotonía que no me llena. En un día tras día veraniego que no me deja respirar ni recuperar tiempos perdidos.

Sé que la vida laboral no es como la de una estudiante, o la de una desempleada incluso, pero ¿qué estoy haciendo? No termina de convencerme lo que hago. Quiero algo más, y no sé cuando llegará. Me piden paciencia, pero la paciencia nunca ha sido mi fuerte ni mi virtud. 

Tengo que someterme a lo que mis superiores manden, aunque eso vaya contra mí, o contra mi idea “idealizada” del periodismo que estuvieron metiéndome en la cabeza durante cuatro años de carrera. 

Otro punto en contra, aunque quizás un poco estúpido, es que no llegué a tener graduación como tal, ceremonia, diplomas, vestidos largos y fotos con compañeros, todo eso. El cierre oficial de una importante etapa de mi vida. Me siento incompleta, como si no fuese periodista de verdad. Como si un diploma no entregado supusiera si soy o no soy algo. Es estúpido ¿verdad?

Quizás ahora me sienta así y todo cambie en, no sé… tres meses. Que mi vida dé una vuelta de 180 grados y esto sea un simple salto de trampolín hacia algo más grande, una piscina llena de colores y agua limpia que me llame al final de este caluroso, extraño y vertiginoso verano.

Porque obviamente, no voy a permitirme estar eternamente en esta jaula invisible.

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