Familias encerradas

Familias encerradas

Algunos en mansiones, otros en pisos diminutos. Algunos en ambiente agradable, otros soportando gritos o cosas peores.

Algunos tienen dinero de sobra, otros pasan calamidades… Y la lista comparativa es larga.

Todos tenemos algo en común: ansiedad y miedo.

 

La situación es catastrófica, caótica e incierta. Nos falta el aire, no sobra espacio. El día es una monotonía, las mismas personas, las mismas voces. Un bucle sin fin y sin contacto físico.

 

Los niños pequeños lloran porque quieren ir al parque, pero los espacios verdes están cerrados. Los abuelos deben ser cuidados con mucha precaución, encerrados sin un poco de rayos de Sol.

 

Mujeres maltratadas enjauladas con sus verdugos, los niños escuchan el pánico, viven el calvario de su madre, temen la mano que se alza de su padre.

Nada se escucha en la calle, ni en la noche ni en el día. Silencio sepulcral, canto de pájaros en calma, cielo brillante o nublado, pero la vida continúa mientras las familias encerradas ven pasar los días con un reloj parado, un calendario estancado, una confusión de días, de meses, de horas…

 

Nos van dando libertades, niños corren y ríen la calle, ancianos y adultos reciben el sol y el aire del campo, paseando una hora al día, sin alejarte demasiado y obligado a taparte media cara. Peluquerías, bares, visitar a familiares… Muchos de ellos ya no están. Un micro-bicho del mismo aire que tanto añoramos en el rostro se los han llevado. Ni pantallas ni teléfonos nos permitieron despedirnos. Encerrados en nuestras casas lo perdemos todo; amigos, parientes, recuerdos, experiencias, planes, nuestra vida…

Y como las paredes nos impiden mirar afuera, ni siquiera nos estamos dando cuenta de que la libertad y el tiempo son el mayor regalo que tenemos.

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