Muerte en soledad

Muerte en soledad

Hace poco vi en una película de la que no recuerdo el nombre una frase impactante.

Algo así como que venimos al mundo solos y nos vamos de él de la misma forma.

 

Nos comen el coco a niños y niñas (sobre todo) desde que tenemos uso de razón de que debemos encontrar a nuestra alma gemela, nuestra media naranja, nuestro príncipe o princesa. Con el paso del tiempo ese alguien a quién buscar ha ido de cambiando, ya no solo es hombre y mujer, hay muchísimas más variantes, con un eje principal: el amor.

 

Pero ¿cuál es el amor que debemos buscar? El de nuestra familia, nuestros amigos o un amor más carnal. Todos son tipos de amor. El amor es una reacción química del cerebro, un tanto efímera para desgracia de algunos y suerte de otros.

 

Ya en las películas románticas, en los votos matrimoniales de esas bodas increíbles de novela “hasta que la muerte los separe” resuena en nuestras cabezas. La vida es un camino de paso hacia otra cosa, ¿el qué? Nadie lo sabe. La ciencia dice algo, la religión dice otra, otros tantos lo describen como la nada.

Necios los que piensen que amores de toda la vida. Cuando morimos no nos queda nada ni a nadie. Lo dejamos atrás todo. Ningún beso de amor verdadero o promesas de “para siempre” sirve. Inútil.

 

Morimos solos, igual que nacemos del vientre de algún ser vivo, que también amó, ama y amará. Pero es un simple trámite. Al final del camino turbulento y a veces asqueroso/maravilloso que es la vida, acabamos estando solos. Muerte en soledad es lo que a todos nos espera y nadie lo podrá cambiar.

 

Ni medias naranjas, limones o almas gemelas destinadas a encontrarse en el más allá.

Pero para no ser tan pesimista, podemos quedarnos con que tendremos un compañero de aventuras en esta locura de trayecto sin billete de vuelta que son los días que sigamos respirando con los pies sobre esta tierra.

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