Pedacitos de mí

Pedacitos de mí

Cuando tienes ansiedad y sufres durante muchos días seguidos, llega un momento que sigues que tu cuerpo y tu mente no pueden más. Colapsas y sientes, literalmente sientes, que te haces añicos.

Miles de pedacitos de mí se esparcen a lo largo de las veinticuatro horas que tiene el día. Sin poder recogerlos y sin poder pararlos. Me deshago como la nieve con el sol. Y como duele quemarse con él. Como se sufre al derretirte.

Me refugio en mis textos, en los libros, en series con historias inventadas lejanas a la mía. Eso no impide seguir esparciendo trozos de mi misma, pero lo ralentiza de algún modo. No le desearía este sentimiento ni al peor de mis enemigos, aunque no tengo ninguno. Creo que la teoría de odiar a alguien por toda la eternidad no tiene demasiado sentido. Lo mejor es la indiferencia, me lo enseñó mi madre.

Pero sigue doliendo igual, por lo que no se lo desearía a nadie. Ni en mil años me había sentido así. Ni después de muchas experiencias traumáticas a lo largo de mi corta vida. La sensación literal de romperte en mil pedazos no la había sentido nunca tan nítida. Y es triste. Aunque siempre me han dicho en casa que por mucho que te rompas, puedes volver a pegarte, reconstruirte. Pero, ¿qué pasa cuando intentas juntar todos los pedazos pero cada vez se hacen más pequeños e imposibles de recoger? ¿Qué podríamos hacer ahí? Nada, en mi opinión.

Pese al sufrimiento de esta chica que se siente diminuta e indefensa, quiero seguir pensando, con los pocos pedazos de mí que quedan, que puedo reconstruir algo mejor y más grande a partir de ellos, pero primero tengo que impedir que sigan cayendo al suelo y perdiéndose en el tiempo. 

Queridos pedacitos de mí… no os vayáis. Quiero recogeros y volver a ser uno solo. 

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