Retrato en el espejo

Retrato en el espejo

Se miraba en el espejo todas las mañanas al despertar. La imagen de una joven rubia sonriente de abrigo largo abrazada a un joven galán de ojos claros se mostraba en un precioso marco de fotos bañado en plata. Era su amado, su amargo amante que ya no estaba y que una vez quiso tanto que la pudrió.

 

Un prematuro fotógrafo que adoraba más su rostro que a ella misma. Que cubría con flashes cada esquina de piel y que poseía su cuerpo en trozos de papel brillante.

 

Tenía tantos recuerdos guardados de él como fotografías sin revelar en el carrete tenía él de ella.

Un día sin previo aviso se marchó sin despedirse y nunca más se volvieron a ver las caras.

 

Varios meses de caos pasaron con el rostro pálido de la joven rubia, con el corazón roto malgastaba las horas pegada a la ventana, observando a los transeúntes, sin punto fijo, sin objetivo diario.

A su cabeza iban y venían pensamientos intrusivos, dañinos, el semblante del querido desenamorado mirándola, escrutándola a través del objetivo de cristal de su enorme cámara fotográfica.

 

Esa tez iba desapareciendo con el ir y venir de los meses, de las estaciones tiñendo de colores las hojas de los árboles que se aglomeraban bajo el viejo balcón en el que nuestra joven enamorada suspiraba cada día.

 

La pena, el dolor, la angustia, la desesperación… la joven rubia cayó en el pecado de rechazar comida, agua y si pudiera, oxígeno.

La sombra de la anorexia asomaba en el hueco de sus costillas, en las lunas negras bajo sus ojos, en el camino de piedras de su espalda.

 

Se miraba al espejo cada mañana, se maquillaba los ojos, se colocaba el carmín y se enfundaba en encaje negro. Durante el día lloraba y retocaba el color mientras su estómago rugía con fuerza pidiendo comida y auxilio. Por la noche, por su cama mullida desfilaban decenas de hombres que no pretendían grabar su cuerpo en un carrete de fotografía, sino dejar en ella cada marca de cigarrillo, cada arañazo mal dibujado, cada círculo morado en lugares recónditos de su figura…

 

El tacón de aguja apretaba los pies y el cabello, enredado, se caía cada madrugada. El pelo rubio se tiñó de negro. Los vestidos glamurosos se cambiaron por lencería fina que no mucho duraban cumpliendo su función.

 

El miedo sustituyó a la paz y felicidad que existían antes. Ya no había cabida para tristeza, solo incertidumbre y pánico. Los días se convertían en noches. La noción del tiempo se perdía aunque el reloj arañaba con sus manecillas cada segundo.

El recuerdo del que una vez estuvo y ya no, en la memoria quedó ahogado el amor que en una ocasión sintió. Apagado por el calvario interno, el abandono, el sufrimiento silencioso… lo consumió y, a ella, también.

 

Se miraba en el espejo cada mañana. Una chaqueta de hombre roñosa colgaba de una silla vieja. Un tenue olor masculino salía de ella, como embalsamada para perpetuarlo en el tiempo.

Ya no quedaba nada de aquel pasado que el marco de plata mostraba. Una pareja felizmente enamorada, abrazándose por la calle, sonriéndole al día soleado. Ya nada quedaba, solo una chica con su alma cansada. Ya no quedaba ninguna fotografía más que hacerse.

Solo un reflejo en el espejo.

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