Siete rosas

Siete rosas

Dicen que escribir ayuda a ordenar las ideas, organizar tus pensamientos, administrar tus emociones, llámalo como quieras.

En esta entrada, quiero hacer hincapie en unos sentimientos de los que fui consciente hace pocos días, que llevaba dentro desde hace tiempo pero no me percaté de ellos hasta ahora. Estos sentimientos giran en torno al amor, pero no al típico de chica y chico; chico y chico; chica y chica… no, no es ese amor romántico.
Me refiero al vínculo afectivo que se crea durante 9 meses con una persona que te cuida desde que respiras por primera vez. Nuestras madres. 

O llevo unos meses muy sensibles o mi mente está envejeciendo porque he dejado de lado mi espíritu rebelde de la juventud, de ponerse en contra de la autoridad materna, y he dado paso a un pensamiento de estar super pegada a ella como nunca lo he estado antes.

He llamado 7 rosas a esta entrada por dos motivos: el 7 es mi número favorito y mi madre se llama Rosa, por lo que identifico a esa flor con ella, hasta el punto de querer tatuarme una en la piel para llevarla conmigo para siempre. YO, QUE LE TENGO PÁNICO A LAS AGUJAS, YO.

 
Amabilidad, compresión, empatía, solidaridad, protección, cariño, formación. –> Esas son las siete cosas que he recibido y recibo de mi madre.
 
La persona que me dio la vida hace ya 23 años. Noches de desvelo, por enfermedad, por preocupación… Charlas sin fin, risas, abrazos, besos, viajes, consejos, angustia, miedos, disciplina, riñas, reconciliaciones… 
 
Hay una canción por ahí que dice que madre solo hay una, y yo quiero darle gracias al mundo por mantenerla conmigo, pues persiste a mi lado pese a todo el calvario que pasa día a día por su cuadro clínico nada favorable. 
 
En un momento de sensibilidad extrema en el que estoy, me enfrento a mis emociones más profundas y confusas desde el fondo de mi mente. Siento que al escribir este texto, algo cambia dentro de mí. Pues no soy la misma Sandra de hace dos meses, ni de hace dos semanas. Me asusta a la velocidad a la que estoy cambiando mi mente, pues no me reconozco muchas veces cuando releo mis antiguas entradas o las hojas sueltas de mis diarios viejos. No cambio frente al espejo pero mi personalidad está en constante ebullición, y no para mal sino para bien, pero pese a ello, asusta demasiado.
 
Me desvío del tema una vez más, y es que aquí lo principal es mi madre. Esa que a veces discute conmigo por diferencias de ideas y mentalidades, pero a la que estoy apreciando y aprendiendo a valorar (aunque un poco tarde a mi pesar) y a su vez trato de hacer llegar esta idea a las personas de mi alrededor.
 
Mi quedo sin palabras y sin visión, pues las lágrimas de emoción emergiendo baja la piel erizada por los sentimientos que fluyen no me permiten ver siquiera el teclado ya.
 
Me despido entre “sonrisas y lágrimas” una noche fría de febrero para dejar por escrito y así poder leer lo que quiero a mi madre en el futuro sintiéndome orgullosa de esa pequeña Sandra de 23 años que comienza a evolucionar rápidamente como persona, sobre los cimientos de la educación de siete rosas.
 
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