Tu propia mitad

Tu propia mitad

En los momentos de mayor desesperación, cuando las lágrimas no cesan, recorren el camino sinuoso de tus mejillas y caen a la almohada, empapando las sábanas y la respiración no consigue agarrar oxígeno para los pulmones, es ahí cuando todos tus pensamientos pasan turbios por delante de ti…

Ansiedad, llanto descontrolado, dolor en el pecho, miedo, punzadas en las sienes, pinchazos en el estómago… Una agonía que se alarga muchos minutos.

Cuando por fin todo pasa, el mundo cambia a tu alrededor. Las lágrimas paran, las mejillas con marcas resecas se quedan inmóviles. Ya no hay muecas de dolor. De agonía, de sufrimiento.
Te quedas apático, sin expresión. No puedes ni caminar. Estás agotado física y mentalmente.

Los minutos transcurren y crees que vas a seguir así el resto del día. Hasta que una bombilla se ilumina y llega a la mente una frescura de pensamientos nuevos cargados de positivismo.
El ataque llanto y ansiedad desmesurado ha servido de limpieza, tus ojos lo ven todo de otra forma. Es como cuando llueve y las calles y el aire se ven y sienten mucho más limpios, puros.

Lo absurdo de tus anteriores pensamientos se deja ver con claridad. Sonríes ante tu propia estupidez mental. Sacudes la cabeza para alejar las barbaridades que habían rondado anteriormente y las nubes se van. El cielo esclarece y ves a la distancia la respuesta correcta y realista de tus pensamientos.
Ni siquiera logras entender cómo antes pudiste siquiera pensar esas cosas. Te dan ganas de tirarte de los pelos por llegar a ser tan idiota.

Hay otro “yo” que nos controla cuando la tristeza se apodera de nosotros, pero no es real. Cuando la claridad llega a nuestra consciencia nos damos cuenta de lo inútil que es la mente, que se deja manipular por nuestro “yo” triste, oscuro, negativo… Cosas que antes nos eran indiferentes, de pronto nos afectan mucho, quizás demasiado. ¿Por qué? Porque nos controla esa mitad triste, rota, amargada. El verdadero “yo” no piensa en ello tan siquiera. No existe esa idea, ese pensamiento. Fuera.

Esa energía positiva que nos sorprende al terminar de llorar, un soplido de aire reflexivo, es tan valioso que lo agarras con fuerza por miedo a que se vaya sin ti, y lo interiorizas con todas tus energías, esas que casi tienes agotadas.
La soledad no tiene porque ser necesariamente mala, a veces puede servir para encontrarnos a nosotros mismos. Para aclarar nuestro caos interno y destapar lo verdadero que hay debajo.
No necesitamos siempre un oído que nos escuche, que nos apoye, que nos de consejo. A veces basta llegar al límite y caer en lo más profundo para convertirnos en esa mitad que nos escucha, nos apoya y nos aconseja…

Temes caer de nuevo en ese agujero, porque es algo inevitable. Pero a la vez te sientes con fuerzas para afrontar cualquier cosa y te dices que no volverás a tropezar con esa piedra. Hasta el final. No más lágrimas… al menos para ese asunto. Te repites una y otra vez que puedes con ello y con más. Porque la vida ya es demasiado cansina y triste y complicada para acelerar y exagerar nosotros las cosas.

Por ello, cada vez que toques fondo y todo tu universo se vuelva oscuro como la noche, rebusca entre las lágrimas a tu otro yo, ese que está escondido en un rincón con una vela que vacila en la penumbra. Tu fragmento mental que te agarrará la mano y te sacará de ahí.

Confía en que esa parte existe, es tu propia mitad.

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