Uñas rotas

Uñas rotas

Que niña más estúpida. Que cree que por golpear la pared y romper sus preciosas uñas, el vacío y ansiedad que padece en el pecho va a desaparecer. La respuesta es no.

 

Puedes gritar, puedes llorar, puedes arañar tu cara en un intento desesperado de renacer feliz cuando el llanto cese. Cuando las lágrimas se evaporen y tu rostro se quede sin expresión. Pero la respuesta sigue siendo no. Solo quedarán unas uñas rotas, nudillos rajados y agrietados, unas mejillas húmedas y quizás algo de distracción mental, pero el dolor volverá.

Él es así, de puñetero, de cabronazo, que disfruta viendo como te destrozas las manos, como rajas tus piernas, como arrancas tu piel. Él lo ve y goza.

 

Al dolor no le importas, no le importa que llores, que sufras, que grites, que te despedaces. No por eso vas a hacer que se vaya más deprisa. Estará el tiempo que él crea conveniente, te guste o no.

 

Pero puedo darte una pista, una pequeña ayuda, una mano que te agarra en la oscuridad y te alivia el pánico que sientes en el corazón. Cierra los ojos, respira profundo cinco veces y saborea el oxígeno que entra por tu nariz. Saborea el frescor que produce en tu piel. Siente con mayor intensidad todo lo que te rodea, y empieza a indagar en tu mente. Piensa en frío como se suele decir. Poco a poco irás notando que el dolor y la ansiedad se van, el vacío se va llenando.

 

Y con el paso de los lentos minutos, solo quedará tu escozor de ojos, tu sabor metálico en los labios agrietados, los nudillos sangrantes y las uñas rotas.

¿Ves como no valía la pena?

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